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viernes, 11 de julio de 2008

Transporte escolar

Hoy hemos tenido repetición de la jornada de ayer, pero con los de 5º grado. Sólo que esta vez me he quedado hasta el final, y he participado de la ilusión del baño (no han salido de la piscina en tres horas) y del jolgorio del regreso (a la ida fui en moto: sin casco, por supuesto, amigo Angelito) . Hoy han caído algunos abrazos menos (se van haciendo mayores, y ya son más formalitos), pero sí preguntas sobre España e imitaciones de cómo hablamos "lozezpañolez" (nos imitan poniendo zetas en todas partes y ahuecando la voz).
From Mi viaje a Ta...

Decía arriba que a la ida fui sin casco, y recelando, debo confesarlo. Pues a la vuelta...se me rompieron todos los esquemas. Les presento el transporte escolar a que ayer me refería. Había oído hablar de que era el camión del padre de un alumno, que por eso se había conseguido a tan buen precio. Pero pensé que la palabra camión era una manera de hablar, como en Sevilla se llama todavía camioneta a los autobuses.
From Mi viaje a Ta...

Cuando lo vi, me acordé de las horas de discusión en las reuniones de los scouts sobre la seguridad de los autobuses que contratábamos, de los cinturones de seguridad obligatorios ahora en el transporte escolar, de "¡niño, siéntate que nos van a multar!", de la silla del grupo nosecuantos de mi hija. Así que ahí me metí, con los niños felices y gritones, todavía descalzos tras el remojo, agachándome cuando veía alguna rama, y dando botes de un lado a otro cuando ya estábamos llegando al colegio, por esa pista de tierra llena de agujeros. No ha sido nada que no supiera ni estuviera harto de ver todos estos días, pero todavía no lo había visto con niños.

No me interpretéis mal: entiendo que aquí es algo absolutamente normal y natural, y es muy importante no romper con lo que viven cada día (el otro día vi a una madre de paquete en una moto, que le iba dando de mamar a su bebé), y nadie lo vive como un problema pero yo, gringo, tengo que pensar necesariamente: ¿valen menos sus vidas?
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jueves, 10 de julio de 2008

Macedonia tropical

Hoy hemos tenido una jornada con los niños de cuarto. El tema era "Jesús es nuestro amigo", y ellos lo tienen muy claro.Cuando uno les pregunta cómo están, responden todos a una, a gritos: "Ben-de-ci-dos, pro-te-gi-dos por Je-sús", con sus correspondientes gestos. Ha sido en el mismo recreo en el que estuvimos trabajando con los profesores. Habían contratado el transporte, que le salía a cada niño por dos soles (equivale a 50 cts. de euro). La comida, como cada día, a cargo del colegio. Una profesora me comentaba comiendo cómo un niño le había dicho ayer que no podía ir "¿No puedes pagarlo?" "No, profesora, estamos pasando un mal momento en casa". La profesora, por supuesto, le dice que no se preocupe, que acuda de todas formas. Esta mañana el niño llega loco de alegría a pagar su pasaje, contándole a la profesora que su mamá pudo vender unos plátanos...
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En los descansos, o luego al terminar, continuamente se me acercan. Suelen hacer dos cosas: o abrazarme sin más, sonriendo en silencio, con esos abrazos dulces que le derriten a uno (¡cómo me acuerdo entonces de los de mi niña, por Dios!) o preguntarme cosas sobre España ¿Vivo en una casa? ¿Ah, en un piso? ¿tengo ascensor? ¿y las casas tienen muchos pisos? Creo que ya he contado que se ríen mucho con las cosas de España, como que ahora estén de vacaciones, o que sea de día a las 10 de la noche. Yo les hablo de todo lo que tienen acá y no hay en España: la vegetación llena de esos colores, el inguiri que estamos comiendo esas frutas deliciosas que se comen por acá,...

Luego, en la tarde, viajo a Picota, un pueblo a 55 kilómetros de aquí, donde vive una pequeña comunidad de hermanas que tanto nos sirvió como referencia y ejemplo de compromiso con los más pobres cuando estuvimos aquí. Entonces se tardaban dos o tres horas en llegar, usando un colectivo (un auto que se paga entre varios). Ahora me habían contado que hay carretera nueva, y que apenas se tarda una hora. Efectivamente las cosas van progresando. Claro que en el auto de ida sigue sin funcionar el indicador de velocidad, y a mitad de camino descubro que la carretera no está entera asfaltada. Además, en algunos tramos enormes pedruscos desprendidos cortan el paso en cualquier parte. Claro que eso no es problema para el conductor, que usa el claxon como elemento esencial de su conducción, adelantando en cambios de rasante y lanzándose por zonas en obras como si estuviera en un rally (y dejo esta parte, que hago sufrir sin necesidad por lo que aquí es lo cotidiano). A la vuelta (no hubo suerte: las hermanas tuvieron que salir ¡hacia Tarapoto! por un problema médico, así que me las crucé por el camino) el impresionante río Huallaga me regala con el primer arcoiris completo (y cuando digo completo digo completo, como en los dibujitos) que he visto en mi vida.