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jueves, 3 de julio de 2008

Embarcando...

Hoy, 3 de julio (no es cualquier día: hoy es mi santo y se cumplen 10 años de la muerte de mi padre) me encuentro en una zona aséptica y liofilizada del aeropuerto de Madrid, matando las horas y acordándome de la sensación de extraterrestre que embargaba a Tom Hawks en La terminal. Ya he pasado todos los controles y sólo me queda esperar a que salga el vuelo sentado en un ordenador del aeropuerto. Mientras, pienso por adelantado en las diferencias entre este mundo presurizado y el que me espera con toda su hospitalidad. Pienso en lo relativamente sencillo que me ha resultado llegar hasta esta puerta de embarque, con mi sueldo pobretón de profe de la enseñanza concertada y con la ayuda de la pequeña asociación a la que pertenezco. Pienso en todo lo que les supone a los que hacen el mismo viaje que yo, pero en sentido contrario, lograr un pasaje, el permiso para entrar en esta tierra de incertidumbres. Me acuerdo de lo que me ha costado despedirme de mi mujer y mi hija para sólo doce días, y recuerdo a aquel taxista que de camino al aeropuerto de Lima nos contó aquella vez cómo su mujer se había tenido que separar de él y de sus dos niñas para venir a España sin saber para cuánto tiempo, cuidando a otras niñas de la misma edad. Tengo el billete de vuelta en el bolsillo, un seguro extra para contingencias médicas y para lo que haga falta, tengo...

Lo sé: voy sólo de visita. Esa es la cuestión. Yo he nacido y crecido en este lado y ellos en el otro. Y tengo la suerte de que ellos ahora quieran recibirme y compartir por unos días su vida conmigo. Decididamente, tengo mucha suerte.