

Ya he dejado la selva. Ahora estoy en Lima, en escala para el regreso (esta mañana Elena me ha dicho alto y claro por teléfono "Ven
pacá" y ya no sé resistirme más). He tenido tiempo todavía de hacer una particular visita. He conocido por fin Manchay, una zona donde las hermanas compasionistas tienen una casita, donde trabajan en medio de los pobres, literalmente. Lima está rodeada por un cinturón de pobreza. Nada nuevo ¿no? Pero el cinturón impresiona, porque es tan grande como la propia Lima. Cerros y cerros terrosos e interminables donde se alzan casitas y casitas construidas por toda la gente que ha venido a la capital buscando una manera de sobrevivir, y que cada día ascienden y descienden entre el polvo para ir o volver de buscarse la vida en Lima. He estado con unas cuantas madres de familia que iban a buscar algo de ropa venida desde España (aquí es invierno y el frío castiga por esos cerros desabrigados). He conocido por ejemplo, a Marina, una muchacha que va con cinco hijos (la más pequeña a la espalda, con esa habilidad tan admirable de llevarla en una manta anudada) y un carrito viejo de bebé. En el carrito no lleva niño alguno, sino
mazamorra de calabaza, que va vendiendo por ahí. Ha conseguido que su esposo, hombre, o lo que sea la deje ya en paz y no abuse más de ella, pero ahora está sola en mitad de esos cerros de devastación, ofreciendo su mercancía y tirando de sus cinco hijos. Y parece una más en un mar de pobres...Hoy ha conseguido vender toda su mercancía y se ha equipado de ropa para una buena temporada. Volverá contenta a su casa.